Rafael Luis Gumucio Rivas
Pido a mis pacientes lectores excusas por el afán de ver la actualidad relacionándola con el pasado. Es un defecto o un vicio de los historiadores, como ustedes lo quieran ver. A mi modo de ver, los Partidos del centro político, es decir, liberales, radicales y demócrata cristianos, sucesivamente, han hegemonizado la política, desde 1861 hasta el presente. Es cierto que hubo momentos de polarización, como en 1970-1973, o en la guerra civil de 1891 o, si ustedes quieren, la derecha versus el Frente Popular, en 1938. Tratar de entender los fenómenos en forma global tiene el defecto de no comprender los detalles, los momentos y, a veces, los clivajes. Los liberales ocuparon el centro político de 1861 a 1925; tenían que elegir entre aliarse con los pechoños conservadores y conformar la coalición, o hacerlo con los radicales masones y comecuras y formar la Alianza Liberal: entre una y otra fluctuaron, hasta 1925, pues había liberales proconservadores, como Fernando Lazcano, cacique de Curicó, y liberales anticlericales – y un poco sociales – como don Arturo Alessandri Palma. De 1938 a 1958, el centro político estaba dominado por el partido radical, conglomerado en que confluían distintas tendencias: militaristas-ibañistas autoritarios, entre los cuales se contaba a Juan Antonio Ríos Morales; izquierdistas superficiales y samberos, como Gabriel González Videla, lo que quería decir que en el radicalismo había gente de todas las posiciones políticas; Julio Durán Newman, llamado “cuajarones de sangre”, fue siempre un aliado fiel de la derecha y apoyó al “viejo cascarrabias” de Jorge Alessandri; Alberto Baltra comenzó apoyando la Unidad Popular y terminó en la alianza derecha, llamada la CODE, fundando el PIR (Partido de Izquierda Radical). La Democracia Cristiana ha pretendido ocupar el lugar del Partido Radical, desde 1964 hasta hoy.
Propongo que nos pongamos de acuerdo en algunos puntos fundamentales que definen la conducta de los partidos de centro de nuestra historia política:
Todo partido de centro no sólo tiene sensibilidades, sino fracciones que, en muchas ocasiones actúan sobre los organismos máximos de decisión de la institución. Este fenómeno estaba atenuado por la famosa “orden de partido”, durante la vigencia de la Constitución de 1925; además, cuando el presidente era abandonado por su partido, recurría a los gabinetes universales o a la integración de las Fuerzas Armadas, (recordar el gobierno de Juan Antonio Ríos y de Gabriel González Videla).
Si bien, en los partidos de centro hay una ideología, el liberalismo, el positivismo, el laicismo y el socialcristianismo, sin embargo, en el radicalismo y liberalismo predomina el pragmatismo de las coyunturas.
En todos los partidos de centro los parlamentarios emigran hacia la derecha o a la izquierda, sin que estas travesías hagan mayor daño al núcleo partidario: sería largo enumerar la cantidad de partidos radicales y liberales que han existido en la historia política. (Remito al lector al Diccionario Electoral, de Germán Urzúa Valenzuela).
Estas sangrías y quiebres no apresuran la muerte de un partido político de centro: son sólo parte de su forma de actuar y de reproducirse; en el caso del Partido Agrario-laborista, fue absorbido por la Democracia Cristiana. ( Aún quistes en el PPD, como el chauvinista Jorge Tarud).
La muerte política nunca es equivalente a la muerte biológica: los partidos perviven aun cuando carezcan de proyecto – fue el caso del Partido Radical y, hoy, de la Democracia Cristiana.
En la Democracia Cristiana se han dado todos los parámetros antes descritos.; la diferencia con el radicalismo y el liberalismo es que la Democracia Cristiana pretendió ser siempre vanguardia y fue capaz de crear una serie de propuestas rupturistas con el liberalismo y el marxismo: la revolución en libertad, el socialismo comunitario, la promoción popular, el plan político-técnico, la reforma agraria, la revolución cristiana, y suma y sigue, por consiguiente, las fracciones siempre contenían un amplio bagaje ideológico, que bien podían disimular las diferencias tácticas entre mesianismo y pragmatismo, al comienzo, entre camino propio y alianza con la izquierda, posteriormente, entre apoyo a la dictadura y compromiso con la democracia.
En 1969, la Democracia Cristiana perdió a dos senadores: Alberto Jerez y Rafael Agustín Gumucio, sin embargo, no fueron reelectos cuando ingresaron al Mapu. En 1971, en plena decadencia el partido demócrata cristiano perdió nueve diputados, entre ellos algunos de los más brillantes, entre los cuales se cuenta a Luis Maira y Osvaldo Gianini, siendo elegido, como Izquierda Cristiana, sólo Luis Maira. En 1973, el Mapu y la IC únicamente lograron el 3% de la votación Es cierto que el peso político de los cristianos de izquierda es mucho mayor que los guarismos electorales; hasta hoy, los ex Mapu, muy hábiles en el manejo del poder, han logrado predominar en el Partido Socialista y, muchos de ellos, tienen asientos parlamentarios vitalicios asegurados, pues son gamonales en sus respectivas circunscripciones.
Es evidente que renunciar a un partido político es un pésimo negocio: Flores y Valenzuela, del Chile Primero, están seguros de perder sus sillones; por un corrupto y malo que sea el PPD, es preferible mantenerse en su interior para conservar posiciones de poder. Algo similar ocurre con los curas que cuelgan la sotana: de la noche a la mañana se ven impedidos de predicar y por lo tanto, pierden sus prosélitos. Es evidente que los ”colorines” – que no son nada tontos – saben muy bien que su poder actual reside en desobedecer fácilmente las órdenes de su presidenta, Soledad Alvear, aguar uno a uno los proyectos del gobierno y dejar en minoría, tanto en la Cámara, como en el Senado, a la presidenta Bachelet obligándola – igual que a Ricardo Lagos – a pactar con la derecha, hasta el fin del cuatrienio.
Recuerdo haber leído que unos científicos canadienses descubrieron una hormona que secreta, al momento de la muerte, una sustancia que reanima por unos instantes, a la persona en agonía; en ese momento parece revivir y podría recordar sus mejores momentos, abre los ojos e, incluso, pide un trago. A la Democracia Cristiana le ocurre algo similar: el último Congreso quiso hacer algo parecido al de los “peluqueros”, Cartagena, Millahue y Peñaflor, de nuevo se sentían dueños del poder – como en la época de Frei Montalva, creían tener el 43% del electorado, 82 diputados – y no el papel de secundones de Michelle Bachelet, con sólo el 20% de la opinión popular. A los Frei Montalva, los Tomic, los Palma, los Leigthon., los Castillo, los Fuentealba y los Gumucio, los reemplaza una generación mediocre, sin ideas, sin ideales y sin proyecto país: los Martínez,. Los Alvear, los Zaldívar, los Mulet, los Eduardo Jr. Como una vieja casquivana, la Democracia Cristiana pretende desplazarse a la izquierda al rechazar el lucro en la educación, posteriormente traicionada por las transacciones de los militantes Pedro Montt y Yasna Provoste. También hablan de un modelo social de mercado, que nadir sabe muy exactamente en qué consiste – a lo mejor, es el modelo además de los años 60, una forma de capitalismo popular, vaya a saber uno. Siempre ha sido muy difícil hacer exégesis de los Congresos de la Democracia Cristiana: sus acuerdos son crípticos y aparecen muy avanzados, pero a la hora de llevarlos a la práctica se convierten en humo.
Es cierto que los colorines podrán darse el lujo, hasta el fin del gobierno de Michelle Bachelet, de boicotear proyecto a proyecto, incluso, poner en cuestión el modelo, sin embargo, al igual que el Chile Primero, no se les ve mucho futuro frente a la alternativa de un cogobierno, explícito o implícito, entre un ala de la Concertación y la Alianza. Hay quienes sostienen que este maridaje existe desde 1990; al menos, es claro y patente desde finales del gobierno de Lagos.
Si existiera un sistema política civilizado, en Chile, es decir, semiparlamentario o parlamentario, hace tiempo que se hubiera impuesto la cohabitación, algo similar a lo que ocurrió, en Francia, con Francois Miterrand como presidente y Jacques Chirac, como primer ministro. La diferencia de los socialistas franceses con Bachelet es que el Miterrand supo utilizar las facultades presidenciales para atar, bastante bien, al derechista Chirac; en Chile parece ser al revés en el binomio Michelle-Joaquín. Otro tipo de acuerdos en los regímenes presidenciales son los famosos turnos en el poder, como en el caso colombiano, después de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, entre liberales y conservadores, o el venezolano, entre COPEI y ADECO, después de la dictadura de Marco Pérez Jiménez. En el caso de Sarkozy, no hay tal alianza, pues hay ministros socialistas que hacen el papel de negritos de Oxford; en Alemania es absolutamente comprensible, ya que hay parlamentarismo y no existen clivages importante entre Democracia Cristiana y Social Democracia.
Como es difícil que se reelija un tercer gobierno socialista, ahora dirigido por José Miguel Inzulza o Ricardo Lagos Escobar, y la Democracia Cristiana no está a seguir siendo la nana para el fregado y el barrido de sus patrones “socios”, y por muy cristiana que sea, no piensan imitar a Sor Juana Inés de la Cruz, en el famoso “Yo, la peor de todas”, tampoco le sirven los cargos burocráticos para arruinar a las empresas públicas deberá, necesariamente, elegir entre dos caminos, los de siempre: convertirse en un corredor del parquet para transar las acciones de Lúculo Piñera o intentar encabezar un senil quinto gobierno de la Concertación, que sólo puede ganar porque sus rivales son mucho peores y están más divididos. Es como una carrera de perdedores: llegar segundo entre dos o llegar primero por secretaría, es decir, por obra y gracia de un sistema político de castas y de pésima calidad democrática.
Es posible que la Democracia Cristiana, como los radicales, tenga una larga existencia crepuscular, que a ratos surja un líder iluminado, pero que hasta ahora no lo vemos y que, como los ancianos, revisen diariamente el álbum de fotografía de sus héroes y recuerden las hazañas de Gutenberg en el Carmen-gate, las magullas electorales del negro Palma, los éxitos de sus tres ex presidentes, incluso, encuentren geniales los monosílabos de Eduardo Frei Ruiz-Tagle - que entre tanta inopia parece un verdadero estadista -. En plena demencia senil, alguien propone nacionalizar el cobre, tal cual lo planteara Radomiro Tomic; otro, la democracia proletaria, es decir una dictadura del proletariado de carácter social que propusiera mi tío Bernardo, en el primer Congreso; un último se puso a leer, en voz alta, el informe político-técnico, redactado por Jacques Chonchol, entre otros, en el cual se planteaba el socialismo comunitario; no faltó quien citara los textos de los primeros Padres de la iglesia, que proponían el uso común de los bienes y que abominaban de la usura; ¡usura igual lucro, dice un camarada!.
servido por elpaskin6
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