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THE PASKIN, UN DIARIO DELIRANTE Y DE MALA LECHE

PARA PONERNOS DE RODILLA NOS TIENEN QUE CORTAR LAS PIERNAS

28 Octubre 2007

LA INFLACIÓN ES COMO EL “CHUPACABRAS” DE LOS POBRES


Rafael Luis Gumucio Rivas

Nadie sabe con exactitud qué y cómo es el “chupacabras”: podría ser un puma, un hombre con cuerpo de animal, el diablo o el trauco, un alcalde o un “honorable” hambriento; lo que si está claro es que se alimenta de los animales domésticos. Algo similar ocurre con la inflación: pocos pueden caracterizarla y, cuando aparece su horrible cara, tiende a permanecer. Según Vittorio Corvo, presidente del Banco Central, y Andrés Velasco, ministro de Hacienda, el 7% de inflación actual volverá luego al cómodo 3%; la inflación es, solamente, producto de las heladas del reciente invierno y de la crisis crediticia norteamericana. Como el “chupacabras”, muy pronto se convertirá en mito folklórico popular.

Como la mayoría de las veces, la inflación termina favoreciendo a las grandes empresas monopólicas y atentando contra el salario de los pobres. Según el consenso de los economistas, el 7% de inflación se convierte en un 50% en la famosa canasta popular. Paul Walder es, a mi modo de ver, uno de los mejores analistas económicos chilenos: en un artículo brillante, publicado en Clarín. Cl, sintetiza el impacto de las alzas de precio en los salarios populares; así vemos que el precio del pan ha aumentado un 17%, el arroz un 13%, los tallarines un 8.2%, las humildes cebollas un 130%, la leche un 51%, la electricidad va a subir un 15% en noviembre y un 50% en el año, y así suma y sigue. Si bien la inflación termina aniquilando el salario vital, sí favorece a las grandes empresas: la producción de la energía eléctrica, en el sistema interconectado central, está concentrada en Enersis, Endesa y Gener – un tripolio –la distribución, en Endesa y Chilectra; es comprensible, por consiguiente, que cada alza signifique un éxito en las acciones que se transan en la Bolsa de Comercio; lo mismo ocurre con la leche: un 50% es distribuido por Soprole; en los Supermercados, Concesud y D&S son dueños de más de 75% del mercado.

La inflación no es nueva en nuestra historia: desde 1878, cuando el peso chileno dejó de ser respaldado por el patrón oro-plata, estuvo relacionada con la depreciación de la moneda, situación que, ahora, ha cambiado radicalmente, pues ahora tenemos inflación, más una apreciación del peso respecto a dólar. En 1878, el peso chileno valía 48 peniques; en el Centenario, 1910, nuestro papel moneda, sin respaldo metálico, llegó a valer menos de 10 peniques; los salarios de los mineros del salitre y del carbón ascendían a $4 ó $4.50 que, por lo demás eran pagados en fichas, cambiables a un 30% menos de su valor nominal. Según Luis Emilio Recabarren, el sueldo de los mineros se había devaluado en un 100% en sólo tres años, respecto al costo de la vida. Al igual que hoy, casi todos los productos básicos duplicaron su valor durante ese período.

Todo el ciclo huelguístico, desde 1891 hasta 1907, estaba dominado por las reivindicaciones obreras, respecto a la devaluación de la moneda y el precio inflacionario de los productos básicos; así ocurrió en 1903, en Valparaíso, en la Compañía Sudamericana de Vapores, en 1905, la manifestación contra el impuesto a la carne importada de Argentina en Santiago que termino en una masacre en 1906 en Antofagasta, sobretodo, en 1907, en la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique que, con razón, fue llamada la huelga de los 18 peniques, es decir, que los obreros fueron pagados en pesos chilenos – y no fichas – a un valor equivalente a 18 peniques.

En 1919, el precio del salitre estaba por los suelos a cusa de la utilización del nitrato artificial y la mayoría de las Oficinas se vieron forzadas a cerrar recibiendo, en Santiago, a los pampinos cesantes, que eran alojados en los famosos albergues. En ese año se formó una alianza entre las capas medias y los cesantes, que padecían con rigor la inflación galopante, llamada Asamblea nacional de la Alimentación, y que fue capaz de convocar a 100.000 personas, en el centro de Santiago. En ese mismo año estalló la primera y original huelga de los arrendatarios que, durante meses, se negaron a pagar los usureros alquileres de los conventillos y piezas redondas.

Para los actuales neoliberales, fanáticos de la llamada libertad de precios, que siempre terminan por favorecer a los duopolios, constituiría un escándalo el control de las alzas de precios, sobretodo el de la canasta popular, política que llevaron a cabo, en el pasado, los gobiernos progresistas. En los años 30 existían unos restaurantes populares, que proveían a los comensales de exquisitos platos de porotos a precios verdaderamente irrisorios, lo que equivalía casi a un regalo del Estado protector. Durante el gobierno de Carlos Dávila se creó el famoso Comisariato de subsistencias y precios – podría ser el antecesor del Sernac, pero con mucho más poder- que se convertía en el terror, no sólo de las grandes tiendas, sino también de los almacenes de barrio, pues el Comisario podía clausurar a cualquier tienda que especulara con los precios. Recuerdo que mi padre fue nombrado, por Juan Antonio Ríos, Comisario general de subsistencia y precios y, como era lógico, el almacenero de la esquina siempre nos regalaba caramelos para congraciarse con tan “poderoso” personaje; estoy seguro de que esta coima infantil no redundó en beneficio del despachero italiano. Como mi padre era siempre bien intencionado y probo, algún mal día se ocurrió cerrar la famosa tienda Gath y Chávez que, en esos tiempos equivaldría al Parque Arauco o Alto Las Condes; como era de esperar, el Presidente radical lo puso de patitas en la calle.

En el último año del gobierno radical, de Gabriel González Videla, estalló la famosa huelga de la chaucha: el pueblo se rebeló a causa del alza de $0.25 en el precio de los boletos de las micros. El 2 de abril de 1957, durante el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, hubo una ocupación del centro de Santiago por las masas poblacionales, indignadas por el alza del costo de la vida; por primera vez se manifestó un poderoso movimiento de sectores poblacionales, que eran ignorados por los partidos políticos, llamados populares; incluso, recuerdo que la unanimidad de los parlamentarios estuvo de acuerdo en entregar a Carlos Ibáñez facultades extraordinarias, entre ellas el Estado de sitio, que no llegó a utilizar, pues reprimió a sangre y fuego al pueblo rebelado.

Como hoy, el neoliberalismo ha destruido los sindicatos y es imposible pensar en negociaciones por ramas de la producción, sumándose a la debilidad de la actual Central Única de Trabajadores, es muy difícil tener una idea del poder de los famosos paros nacionales, dirigidos contra los gobiernos reaccionarios de los años 50 y 60, dirigidos por el inolvidable don Clotario Blest; recuerdo muchos de estos paros nacionales, sobretodo si se sumaba la locomoción colectiva – en ese tiempo estatal – lograban convertir a Santiago en una verdadera ciudad fantasma. En esos tiempos pasados, el “chupacabras” de la inflación lograba movilizar a los empobrecidos trabajadores. Espero que algo similar ocurra hoy, con nuestro alicaído movimiento sindical.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

David Valencia

David Valencia dijo

Rafael, que bueno es tenerte a ti y otras plumas que nos van informando de lo nuevo y de lo viejo. La memoria es importante, sino se siguen repitiendo los mismo hechos. Es bueno saber también que ha habido y hay seres humanos que están despojados de ambiciones personales, y que han trabajado para que el conjunto de la sociedad, emergiera como fué el caso del gran Clotario Blest, antes Luis Emilio Recabarren. En estos tiempos es difícil reconocerlos, pero seguro los hay, ellos han de ser nuestros faros para no perdernos entre tanta oscuridad y desesperanza.

30 Octubre 2007 | 01:46 PM

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